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Los personajes

La Pluma en el Tintero    Bayamo.M.N. Granma.

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El personaje es la fuerza motriz de la acción. La caracterización es un arte complejo y esquivo y no puede reducirse a reglas exactas o una exposición comprensible. Cuanto más hablamos de ello, más nos parece que dejamos algo fuera, y esto es necesariamente así, pues la personalidad humana es aún un misterio, sujeta a fuerzas oscuras, es un universo en sí misma, y nosotros somos unos extraños aun para nosotros mismos. La aracterización es un don innato. Requiere conocimiento de uno mismo, penetración en la naturaleza humana, un ojo observador enriquecido por una visión interna, y una facultad de mímesis.  La caracterización es más que la personalización, aunque también eso es. Puede ser santo o pecador, joven o viejo, hombre o mujer, hablar en su propia voz o a través de las voces de otros. El escritor puede identificarse a tal profundidad con los destinos de sus personajes que ríe o llora con ellos; sufre sus enfermedades, se transforma en los personajes que crea. Mientras tanto sea consciente o no de ellos, él pone algo de sí mismo en todos los personajes y ellos se parecen al creador. Un personaje logrado en la ficción, al igual que el argumento, es una síntesis de distintos elementos y es el resultado de la misma visión interior unificadora que ve lo probable en lo improbable y atrae los fragmentos juntos como un imán. Generalmente los personajes más vitales e intensos surgen de las experiencias del autor, particularmente de su juventud, un período en que surgen las impresiones más duraderas y que pueden presentar aspectos más reales o potenciales de su propia personalidad. El personaje es la piedra angular y leemos novelas precisamente por la revelación de los personajes. No a los personajes estereotipados, podemos hacer una relación de las cualidades que debe tener un personaje ideal, primero debe ser nuevo. Una de las maneras de ser inmortal en la literatura es crear un nuevo personaje memorable. En las artes se busca lo que otro no han hecho, y en la literatura lo que se busca es un discurso nuevo y fresco. El escritor que tiene algo nuevo que decir y una manera personal de decirlo, seguramente tendrá nuevos personajes. Pero aún un escritor vigorosamente original, con ideas frescas y con un estilo delicioso, puede modelas inconscientemente algunos de sus personajes según estereotipos. Un personaje convincente es un personaje típico pero a la vez original; puede ser incluso un arquetipo, el modelo mítico atemporal. Tiene algunas características en común con otros de su clase, se ajusta al tipo general que representa, y es apropiado para su género. Hay patrones de personajes para hacer a las gente típicamente amantes o amorosos o no, extrovertidos o introvertidos, políticos o poetas, dependientes o independientes, valientes o cobardes. Con toda su idiosincrasia y obsesiones, el personaje de ficción debe tener una amplia base de humanidad. Tal vez el principio del trabajo, aparte de la necesidad de identificación, sea el de lo común y lo no común. Necesitamos tantos los rasgos comunes como los no comunes en la caracterización, de la misma que necesitamos palabras comunes o no comunes en un buen estilo. Si los personajes son demasiados comunes no nos despiertan interés; si son demasiados raros nos confunden. El rasgo común aclara al personaje y  el rasgo no común le da distinción. Un personaje logrado puede parecer más verosímil cuando sobrepasa los límites normales. Los personajes se vuelven más intensos, más claros y más convincentes a través de una identificación de sus rasgos principales. Son recreados imaginativamente, no son reproducciones directas de la vida, aun cuando sean tomados de la vida real, pero en la ficción les introduce los detalles concretos. Los personajes son consistentes consigo mismo, no convincentes o si son inconsistentes que sean consistentemente inconsistente. La inconsistencia es como un hábito, como los caprichos de algunas mujeres encantadoras; o revelan contradicciones dentro del personaje. Los personajes… Esas fieras de las que el escritor no puede huir por mucho que corra; esos coleópteros en los que, como en La metamorfosis, de Kafka, el narrador de historias se ve convertido una mañana, sin saber muy bien cómo ni por qué; esos imitadores lúcidos y descarados de las personas; esos invasores de la Tierra que, aprovechando la imperfección del ser humano, se hicieron con nuestra conciencia de la realidad… Al principio dan miedo, todo escritor lo sabe. Uno se introduce en un personaje y no sabe cómo va a acabar, ni si algún día saldrá de su piel. Parece una catarsis, un viaje astral, una transubstanciación, la famosa abducción de la que los crédulos hablan, alguna de esas historias en las que uno nunca ha creído.Vivirlo en las propias carnes da vértigo, qué duda cabe. Pero sólo las primeras veces. Luego le coges el gusto, y te zambulles sin miedo en los más diversos especímenes (depravados, violentos, tiernos, amorosos, envidiables, envidiosos, estúpidos…), hasta el extremo de no querer volver a tu ser habitual, tan aburrido, tan monótono, tan cotidiano. Bibliografía: León Sumerlian: Character in Fiction. Techniques of Fiction writing. Measure and Madness en “Desafíos de la Ficción”,  de Eduardo Heras León pág.313. y  Curso Gratuito de Escritura Creativa. Escuela de Escritores. (Madrid, España).

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