La Pluma en el Tintero
Bayamo.M.N. Granma. ![]()
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Una muda es toda una alteración que experimenta cualquiera de los puntos reseñados. Puede haber pues mudas espaciales, temporales o del nivel de realidad. Según los cambios que ocurran en esos tres órdenes: el espacio, el tiempo y el nivel de realidad. Es frecuente en la novela, sobre todo en el siglo XX, que haya varios narradores; a veces varios narradores personajes, como en “Mientras Agonizo” de Faulkner, a veces un narrador omnisciente y excéntrico a lo narrado y uno o varios narradores personajes como en Ulises de Joyce. Pues bien cada vez que cambia la perspectiva espacial del relato, porque el narrador se mueve de lugar (lo advertimos en el traslado de la persona gramatical de “él” a “yo”, de “yo” a “él” u otras mudanzas.) tiene lugar una muda espacial. Cuando las mudas espaciales son eficaces, consiguen dar una perspectiva variada, diversa, incluso esférica y totalizadora de una historia (algo que determina esa ilusión de independencia de ese mundo real, que ya vivimos, es la secreta aspiración de todo un mundo ficticio). Si no lo son, el resultado puede ser la confusión el lector se siente extraviado con esos saltos súbitos y arbitrarios de la perspectiva desde se cuenta la historia. Quizás menos frecuentes que las mudas espaciales sean las temporales, esos movimientos del narrador en el tiempo de una historia, el que gracias a ellos, se despliega ante nuestros ojos, simultáneamente, en el pasado, en el presente o el futuro, consiguiendo también, si la técnica está bien aprovechada, una ilusión de totalidad cronológica, de autosuficiencia temporal para la historia. Las mudas que cambian el orden narrativo podemos llamarlas de salto cualitativo cuando en ella tiene lugar una de esas mudas radicales en el punto de vista de la realidad que constituye un salto cualitativo. Por ejemplo en dos novelas contemporáneas, escritas una en Brasil y otra en Inglaterra, con un buen números de años de intervalos me refiero a “Grande Sertāo: Veredas” de Joāo Guimarāes Rosa y a Orlando de Virginia Wolf, el súbito cambio de sexo del personaje principal (de una mudanza cualitativa de un hombre a una mujer en ambos casos) provoca una mudanza cualitativa en el todo narrativo, moviendo a este de un plano que parecía hasta entonces “realista” a otro imaginario y aún fantástico. En ambos casos la muda es un cráter, un hecho central del cuerpo narrativo, un episodio de máxima concentración de vivencias que contagia todo el entorno de un atributo que no parecía tener. No es el caso de la Metamorfosis de Kafka, donde el hecho prodigioso, la transformación del pobre Gregorio Samsa en una horrible cucaracha tiene lugar en la misma frase de la historia, lo que instala a esta, desde el principio, en lo fantástico. Estos son ejemplos de mudas súbitas y veloces, hechos instantáneos, que por su carácter milagroso o extraordinario, rasgan las coordenadas de un mundo “real” y le añaden una dimensión nueva, un orden secreto y maravilloso que no obedecen a las leyes racionales y físicas sino a unas fuerzas oscuras, innatas, a las que es solo posible conocer (y en algunos casos gobernar) gracias a la mediación divina, la hechicería o magia. Otro Ejemplo: “Pedro Páramo” de Juan Rulfo otra muda del nivel de realidad la podemos encontrar en “Cartas a una señorita de París” de Julio Cortázar. Bibliografía: Heras León, Eduardo.11 Las mudas y el salto cualitativo. Desafíos de la Ficción. Pág 765-771.Tomado de Mario Vargas Llosa. Cartas a un joven novelista. Editorial Planeta Mexicana S.A, México 1997, pp 103-115.
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