La pluma en el tintero
Bayamo M.N. Granma. 
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“Luis Felipe Rodríguez, gloria legítima de la tierra y la cubanidad.”
Por Lic. Salvador Escandell Guerra
Un elemento medular en la expresión artística narrativa del reluciente prosista Luis Felipe Rodríguez [1] ―L.F.R en lo adelante― es la forma peculiar de describir la degradación económico-social de la clase campesina. Tema redimido generosamente cuando fluía por cauces estrechos, hasta alcanzar nuevas dimensiones y argumento testimonial considerado por muchos críticos, para declararlo referente nacional de lo rural y del criollismo, ―del mismo modo, Hijo agradecido de la manigua cubana― en medio de múltiples referencias en el contexto neocolonial. La estremecedora situación de pobreza en el campo, ―el tema más recurrente del corpus narrativo― fue la génesis, de su manera de pensar desde la niñez. A pesar de las dificultades y dado su formación totalmente autodidacta, característica que lo distingue con respecto al grupo de escritores de su generación, sintió gran interés por la narrativa y mostró inquietudes literarias comenzando desde muy joven.[2] A los dieciocho años se inicia en las letras como colaborador en la prensa corriente provincial, destacándose en una de las secciones de Orto, ―Figuras de mi galería interior― con artículos periodísticos. En esta sección exalta lo concerniente a los males de la nación vista desde un área geográfica pequeña, con todas las elucubraciones posibles, que lo confinó al vilipendio, a lo incógnito y al poco gozo de algunos reconocimientos. Los aportes a la escena estuvieron centrados en el drama en tres actos Contra la corriente cuya acción se desarrolla entre los años 1908 y 1919 y terminado en 1943, las obras teatrales: La comedia del matrimonio y Turbonada, que fueron publicadas en Orto, alrededor del año 1920. Incursionó en diversidad de géneros y cuando irrumpió filosóficamente en la vida literaria con los ensayos La ilusión de la vida ―1912, con influencia de la cultura europea― afloró en él la evidencia de la universalidad del espíritu humano. [3] Con este libro llamó la atención de literatos prestigiosos, que presienten a un autor de porvenir, pero que en ocasiones lastraba su obra, sobre todo por la carencia de una adecuada valoración y sistematización de la creación y los estudios literarios de academia. Otros ensayos como: El sentido del paisaje vernáculo, ―1936― El cubano y su isla ―1940―, mantuvieron la influencia del positivismo, corriente que representaba un avance en cuanto a las ideas ético-religiosas y a la vez negaba el origen de las dolencias nacionales: la dependencia económica, verdadero eje en que giraba los conflictos de Cuba. Su acercamiento a esta forma de pensamiento no fue mediante un estudio profundo del sistema filosófico, sino leyendo obras que tanteaban de forma indirecta esta corriente y lo aproximaron a esa idea, sin embargo, la evolución de su escritura estuvo dado, fundamentalmente por la realidad del medio hostil en que se desarrolló. En el ensayo Don Quijote en Hollywood, ―1936― peripecia tragicómica, siente la necesidad de cambiar las emociones, para ingresar en lo humano por la vertiente del humorismo y la parodia, asumiendo imitaciones burlonas de la figura universal de Charles Chaplin. Con una perspectiva criolla denuncia mordazmente a una civilización pragmática que lo embelesa y vela el rugido de su locución más genuina.[4] La relación de su extenso quehacer literario se nutre con: Gente de Oriente, Cómo opinaba Damián Paredes ―1915―, La copa vacía ―1926―, Ciénaga [5]―1937― y El negro que se bebió la luna ―1940―. En la segunda novela, el autor con fuertes influencias del modernismo tardío [6], intercaló profundas reminiscencias románticas y una singular tendencia a la sátira. La trama, con una interrelación entre capítulos y a través de mudas ―espaciales y temporales ― característico de todo escritor que comienza por intuición por los duros vericuetos de la escritura, expone las diferentes etapas de la república neocolonial. Su propia voz como relator omnisciente al principio, de narrador protagonista por su cuenta después, disfrazado de Damián Paredes y tuteándose el mismo, en ocasiones con una ligera ambigüedad, lo delatan de la madurez alcanzada en su narrativa. Los juicios atribuibles a la bien pensada caracterización de los personajes, matizan su murmuración. De sus propias interioridades nos pone al corriente ―con un estilo sencillo y divertido― de su dolor moral, que disimula como si fueran situaciones comunes de la ficción. Tal parece pretender que los lectores no se den cuenta del destello de sus reflexiones, compatibles a sus sentimientos. En su prosa exacerba la crítica y aflora con albor algunas facetas de su personalidad y las dirige sutilmente ―cuando se corre el telón y discurren los protagonistas― hacia el accionar manipulador y la utilización de disímiles ardides proyectando el modus operandi de los políticos, comerciantes, periodistas, señoras de sociedad y hasta del campesino más simple con sus costumbres y rituales. En un lugar imaginario de la vida provinciana, una ciudad ficticia llamada Tontópolis, poblado tenebroso, con telón de fondo posiblemente, su Manzanillo natal y los llanos aledaños a la serranía oriental, brotan las evidencias sumergidas de la difícil situación socioeconómica y política, que lo torturó psicológicamente: melancolía, pesimismo y decepción, como su alter ego. Las bellas formas creadas por la naturaleza: los paisajes límpidos de la serranía, se contraponen al dolor emocional, los hombres gemían y a la vez parecieran sonreír resilientes ―con diferentes matices del humor característico del argot dicharachero del campesino― a sus ingredientes espirituales trasnochados, sin aspiraciones optimistas en medio de la tragedia criolla, esperando la muerte o la bendición de ganarse la lotería. Tontópolis no es una villa donde los sabios abundan, porque en ella, como en todas partes existen algunas personas con exceso de palabras y otras escasas de ella, que actúan como antítesis a la razón, utilizando el empleo excesivo de la violencia, para enfrentar los problemas existentes y tratar de resolverlos. Ciertos acontecimientos en la novela, hacen pensar a grosso modo y de forma hiperbólica, cuando hacen referencias a sucesos asombrosos: el horror al hambre, al desalojo, el temblor de espíritu, la inteligencia jadeante, tortura del corazón y desorden en la imaginación, como si un velo de nieblas, dificultara la visión, por donde cabalgan yuxtapuesto con los males de la sociedad, las plagas que transportan, los cuatro jinetes del apocalipsis, pero en otro planeta. Además, sugiere una ligera incredibilidad, ¿Cómo podían pasar hechos tan graves como los descritos por el autor que hace pensar deliberadamente, que estamos ante la presencia de las consecuencias de un calor apocalíptico de la manigua cubana? La ficción es verosímil, en tanto muestra pasajes similares a los expuestos por las ciencias sociales y humanísticas o a las anécdotas y testimonios de las generaciones que le tocaron vivir el período neorrepublicano, que recogen sucesos muy parecidos, relacionados con la situación socioeconómica y política de ese período. Si lo comparamos con la imputación que hace el escritor: bohío sucio e insalubre, niños parasitados que nunca tuvieron una comida completa entre el ombligo y el espinazo, viejos ignorantes explotados, curtidos por el sol en tierras que iban cayendo en manos ajenas y actuaban como extraños en su país semiselvático, lleno de privaciones, vicios, curanderismo, supersticiones y males de la civilización dueña de la jungla tropical. En otras resultan inverosímiles en cuanto a la forzada creación de algunos personajes y situaciones en el tratamiento de muchas de las historias referidas a Manzanillo. En su otra novela Ciénaga, a pesar de concebir a sus protagonistas con una visión horizontal y lineal sin abundar en el tratamiento psicológico de los conflictos, transcurre y están concebidos de la propia realidad alegóricos a la vida cubana. Si entre la bruma del calor apocalíptico de Cómo opinaba Damián Paredes, descorriéramos los mantos neblinosos de Ciénaga, ―nombre del humilde, ingenuo, pintoresco e intransitable caserío, término municipal de Tontópolis― visualizamos las propiedades del Comandante Fundora. La escena nos va conduciendo por las actuaciones del célebre capitán Paradas, decoroso oficial de la colonización española, amante de Dios y su rey y no tantos de los indios, hasta el General Carreras patriota de Cuba libre, entre otros personajes y nos aporta con nitidez otras circunstancias: interesantes y voluntariosos parajes productivos y libertados, ahora vendidos vertiginosamente a la Cubanacán Sugar Company. El capitán Martimiliano y otros tuvieron que defenderse desesperadamente de las furiosas arremetidas de los políticos y los abogados palabreros de Tontópolis. El campesino Ramón Iznaga, indefenso mambí, veterano de las dos guerras de independencia y hombre probado de trabajo, cuyos ascendientes radicaban en aquel sitio desde épocas lejanas de la colonia, debía conformarse con el desalojo de sus tierras. Saltan a la luz, varios conflictos: la lucha de los campesinos ante los desalojos, el de sus pobladores contra los explotadores y la usurpación por parte de compañías extranjeras, etc. que se mueven alrededor del trance amoroso entre tres personajes: Mongo Paneque, Santiago Hermida y la mulata Conchita Fundora. A través de los bienes y males que estaban en el cuerpo y en la sangre de Conchita, parejos a la aspiración de purificarse por medio del esfuerzo, del amor y el dolor, ilustra la imagen de la República del néctar del azúcar, de una isla exuberante y sensual. Sus perennes dolencias, que siempre la habían traicionado, ahora las pondría, a buen recaudo, en los brazos de Santiago Hermida, pero la embriagadora y mortífera podredumbre del pantano, lo emponzoñó con sus sutiles emanaciones y lo hizo sucumbir también, esperando los profundos y absorbentes caricias de su amada. Historia de amor que es el retrato vivo, de las relaciones de parejas en las fincas ardientes, hijas queridas y fatales del sol del trópico. Otros males diversos también tomaron carne mortal en los personajes de Fengue Camacho, Mongo Paneque, Don Venancio Lao, el comandante Fundora y en Liborio Bartolo Morejón, emblema específico del bobo de su imaginación criolla. Las insinuaciones metafóricas del autor avizora a la vez un símil literario. El charco de cieno estancado, es una alegoría a la contaminación de ciudadanos con sus turbios deleites y por otra parte la clase desposeída como lo más puro y grande de los cañaverales cubanos, que son devorados por el pantano. El monstruo insaciable que se ensanchaba hasta tomar grandes dimensiones, certifica del mismo modo, a los lodazales de toda Hispanoamérica, que engulle a animales, hombres y cosas, envenenando toda alta y noble esperanza de la naturaleza humana y la metaboliza en lo más profundo de su vientre, sin poder salir a flote nunca más, como un agujero negro celeste. Haciendo una analogía con el disgusto efluvio del Jagüey histórico [7], nacido dentro de la rueda del ingenio La Damajagua, en la demarcación de la ciudad de Tontópolis, el barrio de La Ciénaga y sus pobladores se perciben con sugerentes insinuaciones: el chillido de los surcos, el bramido de la manigua cubana contra el pantano que los quiere devorar. Escrita con una sencillez estructural, mostrando sinceridad y economía de recursos nos aduce de la codicia metropolitana y el expansionismo de La Cubanacán Sugar Company, absorbiendo la tierra del plátano, yuca, boniato y el suelo donde se siembra el café y el tabaco, para grandes sembrados de caña. Aunque no llega al fondo impuro de la charca, si se propone aludir el gran mal incubado por los personajes de Fengue Camacho y Mongo Paneque, como la ciénaga al mosquito, que debían purificarse hasta concebir pueblos que se rijan por normas colectivas y no por los apasionados caudillo políticos. Según L.F.R. todos serán víctima mortífera y se hundirían con las más puras aspiraciones: de un lado los expansionistas con el afán de usurpar cuantas caballerías de tierras estuviesen a su alcance y del otro los campesinos, a quienes no se les daba el derecho a aspirar a otra cosa, que el de hacer sucumbir su ideal, con la sangre y el dolor de la tragedia criolla engullidos en el cenagal. No son novelas dañinas a simple vista, pero si son ilustrativas de una delación intrínseca provista de agudo sarcasmo corrosivo. Dotada de un lenguaje sencillo, incluyendo los léxicos, con un amplio registro de americanismos y cubanismos, destituidos de cualquier tono ridículo, nos conduce a la violencia destilada de un espíritu enfermo del dolor y el odio, descendiente fiel de la angustia subterránea que lo socava. Además de estas dos interesantes novelas, los relatos, contemplados en La Pascua de la tierra natal, ―narraciones del campo y la ciudad, 1928 ― Marcos Antillas. La tragedia del cañaveral ―1932― y Algunos cuentos no recogidos en libro, señalaron el inicio del manejo de los temas del campesino con escenas típicamente realista, como un constante reflejo de su apasionado amor oriundo por su tierra. El escritor plantea desde diferentes ángulos, varias preocupaciones: la problemática social del campesinado, el peligro de traspasar las tierras a manos del latifundismo azucarero, causas verdaderas que mantenían a nuestro campesinado en la peor situación. Bastó cualquier suceso, por muy insignificante que este pudiera parecer, para que su inspiración llevada a la ficción floreciera como un fenómeno de causa-efecto, íntimo de su vital estado de ánimo, su comunión sentimental, en escenarios no ajeno a su modus vivendi.[8] Cada uno de los relatos, personalizados por Marcos Antilla, similar a Damián Paredes, o en Ciénaga los personajes centrales, cuentan por sí mismo la tragedia, representando un símbolo de como el intervencionista extranjero hace valer su dinamismo frente al proceso de degeneración físico y moral de los grupos étnicos: obreros haitianos, portorriqueños, jamaicanos, que laboraban en Cuba. Los llamados campesinos sin tierras, obligados por el hambre y la miseria, huérfanos de justicia, trabajaban amplias jornadas en los cañaverales de las Antillas, haciendo alusión particular a las islas del Caribe, que conllevaron al quebrantamiento de sus fuerzas físicas y en general a Hispanoamérica. El también juzgado: mero sociólogo rural, falto de capacidad creadora, autor de cuentos de simple denuncia social, carentes de universalidad y de sentido simbólico, escritor de cuentos frescos rurales hoy día se ha querido subvalorar, debido a la pobreza formal en sus relatos. Un tanto olvidado dentro del fecundo panorama de la literatura cubana del siglo XX, su trascendencia radica en sus acertadas búsquedas en el elemento campesino, un rasgo de autóctono criollismo, una aproximación a nuestra realidad social, que le sirvió de ejemplo para futuros escritores de cuentos campestres[9]. A pesar de todo eso, su obra fue un ferviente reflejo de las épocas en que le tocó vivir, ―en aras del mejoramiento humano―, pero lastrado por sus viejas concepciones, que lo hicieron entrar en desacuerdo con las vanguardias revolucionarias.[10] Antologado, traducido, reeditado, L.F.R. trabajó un humor, ―tragicómico, mordaz y de crítica― portador de una reserva desbordada de románticas vibraciones de lo rural a través del lente, que capta el amor a la patria y el genuino derroche de cubanidad en su narrativa. [1] Rodríguez, Luis Felipe. Manzanillo 30 de julio de 1884. Habana 5 de agosto de 1947. Hijo natural de la mulata Adela Rodríguez y del soldado del ejército español Francisco Peinado. Su nombre de nacimiento fue Luis Francisco Ignacio, el cual con posterioridad cambió por el de Luis Felipe. Romero, Cira. Referencia No 2. Prólogo. “Luis Felipe Rodríguez. Ciénaga y otros relatos.” Pág. 6 -7. Editorial Letras Cubanas. Ciudad de la Habana, Cuba, 1984. [2] Siendo muy joven colaboró con algunos periódicos locales: “El Porvenir” y en otros de Santiago de Cuba, “El cubano libre”, y en el periódico “Información”, además de publicar en las revistas manzanilleras “Prosa y Verso”, “Alma Joven” y otras en la Habana como “El Fígaro”, “Carteles”, “Letras Social”, el Periódico “Información” y el suplemento literario del “Diario de la Marina”,” Letras de la Habana” “Bohemia” y “Orto” en Manzanillo. En esta última perteneció al cuerpo de redactores, y aunque en 1915 no figuraba su nombre en el manchón de la publicación, si continuaron apareciendo sus colaboraciones, lo que demuestra que no se desvinculo de la revista. Romero, Cira. Prólogo. “Luis Felipe Rodríguez. Ciénaga y otros relatos.” pág. 7-8. Editorial Letras Cubanas. Ciudad de la Habana, Cuba, 1984. www.enciclopediaculturaldemanzanillo.cu Tomás Teijeiro, Jorge: “Luis Felipe Rodríguez: criollismo y humor”. Artículos de Sección. “Luis Felipe Cultura y Criollismo”. www.cubaliteraria.cu. 01 de septiembre de 2014. [3] El libro, escrito en <<prosa de amor>>, como señaló el propio autor, constituye un canto a las fuerzas naturales: la tierra, el sol, las flores, los pájaros, la mujer; y a pesar de los descuidos formales que se advierten, resalta por encima de ellos una personalidad literaria en vías de formación, pero aún sin perfiles definitivos. Se perciben demasiados fácilmente las influencias de Eça de Queiroz, Anatole France y Jacinto Benavente. Prólogo. “Luis Felipe Rodríguez. Ciénaga y otros relatos.”. pág. 18. [4] Rodríguez, Luis Felipe. Comentario en el que se refiere críticamente a su producción literaria hasta Marcos Antillas. “La evolución de mi obra”. González Lizaso, Félix. “Ensayistas contemporáneos.” Compilación de textos de importantes intelectuales cubanos. (1900-1920). La Habana, Editorial Trópico, 1938. [5] Rodríguez, Luis Felipe. Novela: “Ciénaga”. Editorial Letras cubanas. Ciudad de la Habana. 1984. [6]El modernismo fue una compleja renovación estética y cultural un movimiento sincrético que reúne y combina rasgos y tendencias de varias corrientes artísticas, culturales y filosóficas; un movimiento artístico amplio que evolucionó desde el mero esteticismo hasta la preocupación social y existencial, fue “la forma hispánica de la crisis universal de las letras y del espíritu. Constantes modernistas en Cómo opinaba Damián Paredes de Luis Felipe Rodríguez. Gisela Bencomo.htm [7] En Cuba al Jagüey se le toma como símbolo de ingratitud y traición, debido a que busca apoyo en otras plantas, a las que poco a poco va abrazando hasta que las ahoga. Kiwix-Ecured. [8] Afirma el ilustre crítico Max Henríquez Ureña que L.F. Rodríguez “tenía el sentido recóndito de la sonoridad verbal, y sabía combinar las palabras para producir efectos musicales. También producía la sensación de vivir ausente de cuanto lo rodeaba, y sin embargo lo observaba todo y copiaba con exactitud la realidad circunstante”. Depestre Catony, Leonardo. “Luis Felipe Rodríguez y la peripecia tragicómica de Charlie”. Artículo de Cubaliteraria… www.cubaliteraria.cu. 26 de abril de 2016. [9] “No ha tenido la tierra cubana intérprete más veraz, amoroso, dolido y flamígero que este manzanillero huraño, gruñón y cordial. Jamás se le vio en el balcón, en la nube o en la olla. Afanoso de un mundo más bello, su existencia es un batallar infatigable por la libertad y la justicia. Y son, desde luego, sus inseparables compañeros, la indigencia y el hambre. Semblanza a Luis Felipe Rodríguez de Raúl Roa. Página web: www.enciclopediaculturaldemanzanillo.cu [10] Así aparecen en 1891 Mariano Brull y Félix Lizaso; en 1893 J. M. Chacón y Calvo y José Z. Tallet; en 1894 Manuel Navarro Luna y Miguel de Marcos; en 1897 José A. Fernández de Castro; en 1898 Jorge Mañach y Juan Marinello; en 1899 Rubén Martínez Villena, Enrique Serpa, Rafael Esténger y Carlos Márquez Sterling; en 1900 Francisco Ichaso, Núñez Olano, Carlos Montenegro, Aurelio Boza Masvidal, Félix Soloni y Lydia Cabrera; en 1901 Pablo de la Torriente, Herminio Portell Vilá; en 1902 Alberto Lamar Schweyer, Carlos González Palacios, Enrique Labrador Ruiz y Nicolás Guillén; en 1903 Elías Entralgo, Roberto Agramonte, Alejo Carpentier; en 1905 Lino Novás Calvo; en 1909 Raúl Roa; en 1910 Emilio Ballagas.” Pogolotti, Marcelo. “La república a través de sus escritores.” Editorial Letras Cubanas, 2002.
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